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La Agonia del Bardo


Poema La Agonia del Bardo
de Julio Sesto



°Qu√© duro, qu√© amargo recuerdo
quedome de aquella desgracia...
si a solas en ella medito,
a√ļn suelen saltarme las l√°grimas!

...Dejé mi chambergo en la percha;
crucé sigiloso la sala;
(hallando la casa en silencio,
me dio una corazonada...)
Alzando la verde cortina,
miré receloso a la estancia
en donde tranquilo, sonriente,
mi amigo el poeta, expiraba.
°Qu√© cuadro! La mesa de noche,
en donde hac√≠a gui√Īos la l√°mpara,
cubierta de drogas acerbas
que no le sirvieron de nada;
con heces de medicamentos,
pocillos, goteros, cucharas,
cucharas que vi que a√ļn ten√≠an
la huella del labio marcada,
de un labio tedioso, pasivo,
que el l√≠quido aquel desde√Īara,
de un labio que, ya medio muerto,
sintiendo las drogas amargas,
por ser obediente, sorbía,
por falta de fe, no apretaba,
dejando su hastío en las heces
de aquellas vasijas untadas.
La pobre mujer de mi amigo,
al lado del lecho, espantaba;
los ni√Īos tambi√©n all√≠ junto,
haciendo la escena m√°s agria:
la ni√Īa, de tres primaveras,
absorta a los pies de la cama,
asiendo a la madre el vestido
y viéndola fijo a la cara,
y el ni√Īo m√°s peque√Īuelo, divino,
e irónico ser que no andaba,
cruzando la alfombra, sonriendo,
°y echando carreras a gatas!

Yo estaba perplejo en la puerta
de aquella tristísima estancia;
no pude, no pude moverme,
°aquello part√≠ame el alma!
De pronto la faz del enfermo
se puso ojerosa y opaca,
la pobre mujer lanzó un grito:
°Hijitos, pap√° se nos marcha!...
Y nada los ni√Īos dijeron,
°decir qu√© podr√≠an sus ansias
si a√ļn la mayor no entend√≠a
y a√ļn el peque√Īo no hablaba!
Mas, viendo los dos al enfermo,
en sus inocentes miradas,
qué bien comprendí qué decían
ingenuos: °Pap√°... no te vayas!
Yo quise auxiliarlos entonces
mas vi que mi amigo, con calma,
después de moverse, esforzado,
y como si reaccionara,
tomando la mano a la esposa,
le dijo a intervalos:

                        Amada:

La muerte se acerca... no temas,
no llores, enjuga tus l√°grimas,
la muerte de ti tuvo celos,
y viene a pedir que compartas
con ella mi ser, que era tuyo,
mis penas, mis dichas, mis ansias.
La muerte también es mujer:
no ri√Īas con ella, me ama,
verdad que se lleva mi cuerpo
mas queda contigo mi alma,
la muerte va a ser... mi querida,
mas t√ļ sigues siendo la casta
Se√Īora que manda en mi esp√≠ritu,
de todo mi amor Soberana.

Yo siento dejarte tan bella,
y siento dejarte enlutada,
y siento dejarte a los hombres
vulgares expuesta ma√Īana,
que van a prender en tu veste
de luto, pasando sus garras...
°Vampiros de esp√≠ritus tristes,
vampiros de carne enlutada!
°Ah... son las viudas hermosas
manjar con que muchos se sacian;
no sé cómo así la engullen,
no sé... cuando saben a lágrimas...!

°Cu√°n vas a extra√Īar mis caricias;
mis rimas, cu√°n vas a extra√Īarlas,
y cuando por mi te pregunten
los ni√Īos pasado ma√Īana
°oh angustia! qu√© vas a decirles,
qué vas a decirles, cuitada!

°Los ni√Īos!... Ac√©rcalos ll√°malos,
que quiero llevarme grabadas,
a flor de mis frías pupilas
tu cara amorosa y sus caras;
ser√°n en mi tumba dos dijes
mis ojos cerrados, amada!

La pobre mujer a√ļn ten√≠a
oyéndolo hablar, esperanza
mas viendo ponerse por grados
aquellas mejillas m√°s p√°lidas,
y viendo que aquellas pupilas
torn√°banse tristes y vagas,
alzando los ojos al cielo
en son de reproche y plegaria,
°Dios m√≠o!...-clam√≥ Ņpor qu√© injusto
te llevas el pan de esta casa?
Y el cielo, por toda respuesta,
al bardo inspiró que gritara,
con voz de una angustia infinita,
con voz que los huesos helaba:
°Qu√© abismo... me hundo... me hundo,
tus brazos... tus brazos... amada!
Tomolo aquel √°ngel en brazos;
logró también él abrazarla;
vibraron los nervios de bronce
del lecho vibró el que expiraba:
tomó ella en un beso el aliento
postrero que el bardo exhalara;
quedáronse así un instante
la muerte y la vida enlazadas...
y entonces creí que se oía,
moviendo la oscura ventana,
y como rozando los vidrios,
un suave ruido de alas,
tal cual si pasase por ellos,
en vuelo magnífico, un alma...

°Oh, cuando yo quise prestarle
socorro a la esposa, se hallaba
opresa en los brazos del muerto,
tal cual si quisiera llev√°rsela!
°Qu√© esfuerzo inaudito hice entonces
y cómo he podido arrancarla
al fin de los rígidos brazos
llorosa sin fuerzas y fl√°cida!
Y cuando después de mi esfuerzo
volví hacia el muerto la cara,
lo vi con los brazos en círculo,
cual si me pidiese abrazarla,
y como diciéndome, mudo,
con una sonrisa macabra:
!Si es m√≠a... Ņpor qu√© te la llevas...?
Si es mía por qué me la arrancas...!

La noche llegó a los cristales
muy negra, muy triste, enlutada,
y como una madre amorosa,
fue ella quien trajo a la c√°mara
el cirio m√°s grande: la luna
un cirio de luces muy blancas.
En tanto, lloraban los ni√Īos;
los perros, en torno, aullaban;
la triste mujer, en mis brazos,
lanzaba suspiros con ansias;
el muerto, los brazos en círculo,
sonriendo, la esposa esperaba...
°Se√Īor! ŅPor qu√© el muerto re√≠a
en tanto los vivos lloraban?

°Qu√© duro, qu√© amargo recuerdo
quedome de aquella desgracia:
si a solas en ella medito,
a√ļn suelen saltarme las l√°grimas!



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