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AVENTURAS Y DESVENTURAS DE "MICASSO".



 
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Cristino Vidal Benavente
Aprendiz


Registrado: 29 Mar 2013
Mensajes: 138
Ubicación: España

MensajePublicado: Dom 12 May, 2013 9:36 pm    Asunto: AVENTURAS Y DESVENTURAS DE "MICASSO". Responder citando


Les voy a hablar de Micasso, un pintor nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Toledo, aunque cuando nació no era ése su nombre, sino Hermenegildo, el hijo natural de Eufrasia, “la Garrapata”, que se regresó de Barcelona a su lugar de origen, con el fruto de una noche de juerga en el Paralelo, después de haber estado sirviendo como chica de compañía en casa de una vieja gruñona y tacaña durante más de 5 años.
Con el tiempo, Hermenegildo iba creciendo en el pueblo, sufriendo las burlas de los muchachos del lugar, que no paraban de echarle en cara su irregular venida al mundo, hasta que un día se hartó y decidió poner tierra de por medio. Y se largó con los componentes de un espectáculo de titiriteros que había pasado por el pueblo, haciendo las delicias de sus habitantes y es que el zagal era fuerte y podría muy bien ayudar en la carga, descarga y montaje de los trastos propios del oficio en las plazas de los lugares por donde pasaban, opinó el propietario de la pequeña compañía de histriones.
Con ellos anduvo durante 10 años, aprendiendo a divertir a la gente y cuanto truco conocían sus compañeros de trabajo y miserias, que no eran pocos.
Con el tiempo, la compañía aumentó sus efectivos y de 4 pasaron a ser 10 los componentes de la pequeña compañía de titiriteros y también aumentó su repertorio y hasta se atrevieron a poner en escena pequeñas obras de teatro, fácilmente asimilables por la clase de público que asistía a sus representaciones. Hermenegildo se había convertido en un trabajador insustituible en el grupo, pues no sólo actuaba como intérprete, sino que hacía el trabajo de los preparativos de mudanza y, además, era el tramoyista y se encargaba de pintar los decorados de los escenarios, adquiriendo en esto último una destreza encomiable, además de que componía toda suerte de paisajes en un periquete.
Ya se ponían en escena las obras de teatro en locales cerrados y más adecuados que la intemperie de las plazas de antaño y cobraban sus actuaciones como Dios manda y no estaban sujetos a la voluntad más bien escasa del público, que ya se sabe que la gente es tacaña y se escaquea en cuanto tiene que rascarse el bolsillo colectivamente.
Pasaba el tiempo y nuestro personaje iba adquiriendo cada vez más práctica en lo de la pintura de los decorados, pues la compañía estaba cada vez más tiempo en un lugar y se hacía necesario cambiar de obra con frecuencia, con lo que los decorados tenían que hacerse a marchas forzadas, al tener que cambiar sobre las telas los paisajes y decoraciones ad hoc.
Todo se iba desarrollando con absoluta normalidad y marchaba bien para Hermenegildo, hasta aquel maldito día en que se agregó al grupo un matrimonio italiano, que se encargaba de hacer un simulacro de escenas eróticas que tuvieron mucho éxito entre el público y que les convirtió en los más solicitados y aplaudidos.
La señora, muy meliflua ella, parecía fijarse demasiado en Hermenegildo, lo que acarreaba que el marido estuviese furioso con él y no lo disimulaba, pues siempre que se encontraban trataba de zaherirle lo más posible, viniese o no a cuento. La situación se agravaba con el tiempo y Hermenegildo, que no se había fijado en la signora Garibaldi para nada, empezó a tener interés en ella, más que nada por curiosidad, hasta que terminó por caer en las bien manejadas redes que le tendía. Llegó la ocasión cuando el “signore” Garibaldi tuvo que marchar a Milán por cuestiones familiares y la señora aprovechó para quedarse sola, alegando que una terrible jaqueca la impediría viajar.
La primera noche, la señora se las arregló para hacerse la encontradiza con Hermenegildo y éste no supo resistirse a la tentación de acompañarla en un paseo que duró varias horas. Hablaron de todo lo habido y por haber, pues tiempo hubo para ello y cuando llegaban las claras del día se retiraron a la posada y el mozo pretendió entrar en la habitación de ella, pero ésta se lo impidió con un mohín gracioso, pero firme, que dejó entristecido al galán. Los días posteriores, Hermenegildo sentía cada vez más acuciantes deseos de estar junto a la dama y se acrecentaban más cuando le rechazaba finalizado su encuentro que siempre terminaba con la sonrisa de la Garibaldi, acompañada del ademán de pararle en seco.
Hermenegildo no podía dar crédito a lo que estaba pasando, pues era ella la que había tendido el puente entre los dos, por el que se había precipitado él como un pipiolo.
Cada vez sentía más fuerte la necesidad de intimar con la señora y cuando llegó la víspera del día señalado para el regreso del marido, no pudo contener más sus ansias y abordándola con decisión a la entrada al comedor, a la hora del desayuno, la espetó con decisión: Francesca (éste era el nombre al que respondía), no puedo vivir sin ti y si no me concedes la gracia de tu continua presencia me suicidaré sin remedio y lo que te estoy diciendo es tan verdad como la luz que nos alumbra. Yo sabré hacerte inmensamente feliz y serás la mujer más amada del mundo, por el empeño que pondré en conseguirlo; sólo tienes que acompañarme y recorrer conmigo los caminos que nos tenga deparado el destino.
Francesca no respondió, pero a Hermenegildo le pareció ver en sus ojos un gesto de asentimiento y esto le bastó para sentirse inmensamente feliz, que se tradujo en realizar ese día sus quehaceres con más alegría de la habitual.
Llegó el signore Garibaldi y las relaciones en el matrimonio se volvieron más hoscas, lo que trascendió a su trabajo, pues ya no calaban en el público las expresiones eróticas que representaban, alejadas de toda fogosidad.
La situación entre los dos cónyuges se hacía cada vez más tensa, hasta que se rompieron las cada vez más deterioradas relaciones entre ambos y el marido terminó por hacer su maleta y desaparecer sin dejar el menor rastro, lo que ocasionó una alegría inmensa en Hermenegildo, que veía así su camino expedito, por el que se deslizaría placentero y estaba deseando llegase la primera ocasión para experimentar este ansiado bienestar.
Francesca estaba cada día más insinuante, pero jamás consintió llegar hasta la intimidad total, lo que exasperaba a Hermenegildo, que veía aumentar sus deseos en vano.
Se ve que la italiana sabía cómo manejarle y lo hacía con inmensa habilidad, no exenta de riesgo para ella, pues el mozalbete estaba a veces a un paso de tirar por la calle de en medio y largarse, como había hecho su antecesor en las relaciones amorosas de la pizpireta italiana.
Pero seguía erre que erre, no obstante, por estar encelado y por cabezonería, así que la situación se alargaba y se diría que empeoraba, pero su asedio se hacía más constante cada vez.
Por fin, una tarde Hermenegildo arrancó a Francesca la promesa de que no tardando mucho le concedería la inmensa dicha de gozar de su amor en las cantidades que deseara, para lo cual tendría que esperar a que se asentasen en Italia, sueño que había estado acariciando largamente.
Hermenegildo no lo dudó ni un momento y pensó que bien valía la pena la espera y la aventura de hacer un viaje a Italia, si finalmente tenía al alcance de la mano el ungüento que calmase sus sufrimientos.
Estaban en un pueblo de Castellón representando Otelo cuando decidieron de común acuerdo poner en práctica sus planes de fuga, cosa que hicieron al terminar la función del día anterior al día de descanso de la compañía, para que diera a ésta tiempo a efectuar el cambio correspondiente, a fin de que no fuera mucho el impacto negativo de su ausencia en los carteles, pues con un día de tiempo se podía modificar sin excesivo daño el rol de interpretación
Del pueblo hasta la estación de Castellón en taxi, con el equipaje más indispensable y desde allí, en tren, hasta Cerbère, en la frontera francesa, para hacer transbordo al tren nocturno que les llevaría, vía el mediodía francés y pasando por Marsella y Niza hasta adentrarse en Italia y continuar vía Génova y Pisa hasta Roma. Allí llegaron muy de noche a la estación Termini y de allí a un hotel cercano, que más parecía una pensión de ínfima categoría y de precios muy asequibles, de los que suele haber cerca de las estaciones.
Ante la insistencia de Francesca, pidieron habitaciones separadas y así estuvieron tres días, que a Hermenegildo se le hicieron interminables, pero aguantó y puso freno a los caballos desbocados de sus deseos, por expreso deseo de la mujer, que le aseguró que esperando dos días más llegaría la hora de la coyunda, que por ser tanto tiempo esperada sería más gratificante.
Al cuarto día, Francesca quiso salir sola, tratando de buscar trabajo para ambos en alguna compañía de teatro ambulante que siempre suele haber en la ciudad, sobre todo en el extrarradio, alegando que al ser italiana le sería más fácil llegar a entenderse con sus paisanos. Hermenegildo se opuso con el argumento de que no la iba a dejar sola en ese cometido y se ofreció a realizar por su parte el peregrinaje hasta conseguir lo que buscaban, si bien apuntó a que no comprendía el porqué de ir uno solo y no los dos, pues el trabajo era para ambos, pero ella se opuso, diciendo que conocía mejor a los italianos y consideraba era mejor hacerlo tal como lo había dispuesto. Después de un rato discutiendo quién debería buscar el tan ansiado trabajo, finalmente accedió Francesca y dejó tal cometido para su compañero.
Ya de acuerdo, éste se lanzó a la calle y dando vueltas y preguntando se acercó a un circo que había por los aledaños del Trastevere, en una gran explanada, donde también se asentaba una compañía de teatro en una gran carpa, a la cual se acercó con la ilusión reflejada en el rostro. Allí habló con el encargado, al cual puso en conocimiento del motivo de la visita, poniendo énfasis en que su compañera era italiana y ensalzando su belleza y glamour, convenciendo al italiano que haría su mejor fichaje con la admisión de los dos aspirantes.
Todo quedó apalabrado y después de sellarlo con un apretón de manos, Hermenegildo se fue al hotel lo más rápido que pudo, a comunicar a su compañera el éxito de su gestión.
Subió las escaleras y se dirigió a la habitación de Francesca y tras llamar suavemente en la puerta con los nudillos, empujó, pero la puerta no cedía a sus empujones, cada vez más fuertes, acompañados por el nombre de ella, pero ésta no contestaba, lo que le hizo pensar que habría salido un momento a algo imprevisto, que podría muy bien ser la peluquería.
Ante tal contrariedad, se fue a su habitación a esperar la llegada de su compañera, que a buen seguro iría a verle a la misma, para enterarse de cómo le había ido en su búsqueda de trabajo.
Allí estuvo como una hora y en vista de que no llegaba Francesca bajó a la conserjería, preguntando cuándo se había marchado y si había dicho adónde y el tiempo que tardaría, a lo que el conserje puso cara de extrañeza, contestando que se había ido del hotel con su equipaje, dejándole un sobre para que se lo entregase a Hermenegildo por la noche o bien cuando preguntase por ella, si llegaba antes.
Hermenegildo lo cogió con avidez y lo abrió para leer la misiva, lo cual hizo con rapidez y asombro, pues no era muy larga, pero sí muy sorprendente, cuyo texto rezaba:
“Perdóname te haya utilizado para desembarazarme de Garibaldi, al que tenía una animadversión que se agigantaba cada vez más y no encontraba la manera de quitármelo de encima y no sufras por no haber alcanzado lo que tanto deseabas, pues era totalmente imposible, ya que soy homosexual, como también lo era mi falso marido. Te conquisté con el arma más sencilla, que es la de llamar la atención y después resistir, dando una de cal y otra de arena, agrandando así los deseos, que en los hombres llegan a dominaros por completo.
Ojalá te vaya bien y encuentres la persona que te haga feliz,
Gracias por tu inestimable colaboración”
Y lo firmaba Francesca/Marco, este último, probablemente su verdadero nombre.
Ni que decir tiene que para Hermenegildo fue un golpe terrible, pero lo asumió enseguida y hasta se alegró, pues llegó a pensar en lo que hubiese sucedido si la separación no se hubiese producido de esta manera.
No perdió el tiempo en disquisiciones y dedicó el tiempo restante del día en pasear por la ciudad, admirando el Coliseo, la Fontana de Trevi, el Panteón, la Vía Veneto y Plaza de España y al día siguiente se fue a ver al encargado de la compañía de teatro con el que departió el día anterior, para decirle que ahora sería él solo el que podía incorporarse al elenco, sin explicar el porqué de la renuncia de la señora de la que habló tan admirativamente, lo cual consiguió.
Pasaron algunos meses y Hermenegildo se había adaptado perfectamente a sus nuevos compañeros, absorbiendo y asimilando lo que tienen de picardía los italianos.
Seguía pintando los decorados del atrezo con mucha frecuencia, pues en Roma estuvieron mucho tiempo y había que cambiar muy a menudo de repertorio. Se podía decir que era un maestro consumado y hasta se permitía hacer alegorías que le causaban risa, pero que sus compañeros, en broma, celebraban como muy logradas.
Un día, terminada la función que representaron esa noche en Pescara, a orillas del Adriático, le dijo el director de la compañía que en el bar del hotel donde pernoctaban, le esperaba el signore Alessandro Ciucci, según rezaba en una tarjeta que acompañaba a sus palabras, con deseos de hablar con él.
Se encontró con la persona que le estaba esperando, un señor bajito y orondo, que le tendió la mano con la mejor de sus sonrisas y cuando se hubieron sentado a una mesa en el comedor, comenzó el italiano su perorata, con la intención de convencer a Hermenegildo de algo que, en principio, no consiguió. Era que le contrataba para pintar los cuadros que él le encargase, con el tema y pautas que le dictase, a lo cual el español contestaba que no tenía la experiencia que le presuponía el italiano, pero éste insistió y a sus argumentos anteriores sumó el de que le garantizaba, al menos, 3.000 euros mensuales durante 2 años y ya se vería cómo respondía el negocio que estaba pergeñando para fijar nuevas y más sabrosas condiciones. Esto fue lo que inclinó la balanza a su favor y en ese momento se cerró el trato, no sin antes advertir el español a su mecenas que por su parte pondría toda su voluntad y la sapiencia de que era capaz, pero que no le pidiese gollerías que él no había ofrecido.
El signore Ciucci, resultó ser un acaudalado naviero de Pescara, un poco excéntrico y con ganas no sólo de hacer más dinero para agregar al mucho que ya tenía, sino estar en candelero en la ciudad y si fuera posible en todo el país. Recomendó a Hermenegildo que pintase cuadros al estilo de Miró o incluso Picasso, con el aplomo que lo había hecho cuando se encargaba de hacerlo para el teatro y ya se encargaría él de que se valorasen como pintados por Rembrandt o Velázquez y le ayudaría mucho que se pusiera un atuendo estrafalario y recurriese a su arte histriónico.
Se pusieron rápidamente de acuerdo en la manera de actuar y así Hermenegildo sacó a la luz dos cuadros que el italiano se encargó de ponderar como excelsos exponentes del arte pictórico, habiéndose enterado de buena tinta que no tardando mucho este pintor se cotizaría como no se había cotizado antes ningún otro pintor moderno, por el que apostaban los más conspicuos marchantes que se enseñoreaban en el panorama internacional.
Mucha ayuda recibía la estratagema del Signore Ciucci con el hecho de que el pintor fuese español, cosa que enfatizaba subliminalmente, al compararlo con Picasso, Dalí o Miró, inestimables banderas de nuestro país en los anales del arte.
El comienzo no fue para envidiarlo, pero el magnate italiano tenía no sólo dinero, sino tenacidad y astucia y poco a poco los resultados se iban acomodando a la previsión y una vez acelerada la aceptación de los cuadros éstos fueron subiendo de cotización y estima, hasta el punto que los demandaban desde los más dispares lugares de Italia y luego de toda Europa y posteriormente su fama llegó hasta el Nuevo Mundo y de Estados Unidos llegaban no sólo peticiones de las pinturas, sino también de la presencia del pintor que, por cierto, había asumido bien su papel y lo representaba con maestría sin par.
Tan metido en su papel estaba, que él mismo era un clon del personaje que representaba y así se vestía como correspondía a un personaje que se considerase un genio, por encima del resto de la gente y hablaba también como tal, así como su acicaladura era pareja con lo anterior.
Su fama fue creciendo, sus cuadros admitidos en los más exigentes museos del mundo y las colecciones de los personajes más poderosos y acaudalados se consideraban huérfanas si no contaban con alguno de ellos.
Hermenegildo pintaba varios cuadros a la semana, que quedaban almacenados y se encargaba el signore Ciucci de sacarlos a la luz en el tiempo y el lugar más idóneo para sus intereses.
El negocio iba viento en popa y el dinero que originaban los cuadros del “genio” aumentaba en proporciones geométricas, pero así considerado el asunto era sólo para el italiano, al estar fijada la cantidad que Hermenegildo recibía por mes, no habiendo homologación posible.
Esto dio al traste con la amistad entre ambos personajes, surgiendo los celos y las intransigencias mutuas, pues el español decía que era él quien hacía de venero y el italiano le contestaba que tenían un contrato firmado, que obligaba a cumplir sus términos, que cuando se conocieron no ganaba ni la cuarta parte de lo que se embolsaba ahora y que sus cuadros no habrían tenido el éxito que ahora tenían si no hubiese sido por su intervención.
Finalmente, acordaron que Hermenegildo pintaría unos cuadros más, que pasarían a propiedad del italiano y con esto quedaba cancelado el contrato y en libertad los contratantes.
El pintor hizo más cuadros, consiguió venderlos como hasta entonces y se sucedían las invitaciones a museos, dando conferencias como consumado maestro. Incluso llegaron a invitarle desde palacios reales y con su facha imponía su figura, considerada como espécimen de genio, cosa que se llegó a creer de verdad ante tan abrumadora demostración de adhesiones a su pintura que concitaba en sus apariciones ante el público de élite de cualquier lugar.
Tales esfuerzos mentales debió realizar el español, que ya sí parecía un auténtico genio, pues no sólo su apariencia y ademanes eran tales, sino que sus acciones y reacciones eran las que correspondían a un verdadero orate.
Parecía que al principio dominó al personaje y después fue el personaje el que lo dominó, aunque de todos modos cuantos más síntomas de locura presentaba más genio se le consideraba
Cuanto más inconsistentes eran sus palabras, más era considerado como guía espiritual en materia de pintura y hasta llegó a cambiar su nombre por el de Micasso, maridaje que se inventó, como queriendo hacer ver a todo el mundo que en él se aunaban las glorias de Miró y Picasso, considerando estar por encima de la de cada uno de ellos por separado.
Su público adicto lo admitió como admitía todo lo que de él emanaba y como para ese público era el paradigma a seguir, el resto de los mortales también lo dio por bueno, como de costumbre
Un día tuvo un ramalazo de lucidez y se asustó de hasta dónde había llegado con su
proceder y hasta le dio pena de comprobar hasta dónde llegaba la estupidez humana y aunque estaba convencido de tal aserto, quiso comprobar si estaba en lo cierto y a tal efecto cogió un lienzo y lo llevó hasta el establo de una granja cercana. Allí, mediante una propina al muchacho que cuidaba del establo, lo puso en la parte trasera de una de las vacas, a cuyo rabo ató un pincel con pintura y la hostigó, consiguiendo que rezongase, moviendo el rabo que iba deslizándose sobre el lienzo, dejando las señales de la pintura de forma irregular en cuanto a trazado y densidad.
Después de enmarcar el lienzo y cuando tuvo la ocasión, lo presentó personalmente en el Museo del Louvre, en París, para lo cual se hizo entrevistar en varias revistas de las más sobresalientes del mundo, para hablar del cuadro y crear un clima propicio a la asistencia de lo más granado del mundo del ramo.
La presentación fue apoteósica, para lo cual se vistió con sus ropajes más indicados para la ocasión, tratándose de él, con la melena más desgreñada y ademanes más altaneros.
Había tomado conciencia de haber engañado mucho tiempo a mucha gente y esto le producía un malestar que le horadaba el alma y creía que sólo podía hacer las paces consigo mismo si aireaba con valentía la verdad. Para ello, comenzó diciendo que todos sus cuadros eran un fraude, producto de un engaño compartido y que el cuadro que presentaba en el acto y que tantos aplausos había cosechado lo había pintado una vaca y, además, con el rabo.
Ante tal confesión, la gente prorrumpió en aplausos y no en dicterios, como él esperaba y por los corrillos de los asistentes corrían palabras de elogio y admiración hacia el genio, tomando como una genialidad más las palabras que acababa de soltar a la concurrencia.
Por más que insistía en sus aseveraciones, más amplia era la sonrisa de los asistentes e incluso hubo un magnate del petróleo que pujó por el cuadro en cuestión, ofreciendo una cantidad astronómica, que enseguida encontró la réplica de otros de los asistentes.
Sí hubo alguien que le creyó y esta creencia empezó a tomar cuerpo entre la gente, pero eran cautivos de su insensatez, pues a ver quién era el que hacía de pionero, ya que todos habían invertido grandes cantidades en los cuadros, que podrían ser empleados por sus nietos para jugar a los cromos. Todos, por acuerdo tácito, proclamaron la bondad de la obra del artista y todo quedó como estaba, considerándose Hermenegildo (o Micasso) redimido de lo que él consideraba un pecado, aunque estuviese tan extendido y con un montón de millones de euros en su cuenta corriente, con el beneplácito de todos. Se retiró a vivir como un rajá en una villa de la Costa Esmeralda, en la isla de Cerdeña, después de recobrar por entero su juicio, quizá al pensar lo mucho que podía gozar con el dinero de que disponía.
Es una especie de cuento y por tanto no realidad, pero tenéis que convenir conmigo en que podría haberlo sido, pues a mí se me antoja que lo único que no encaja en esta historia es el confesar con franqueza los desaguisados que uno hace por culpa del dinero y lo que representa. Todo lo demás lo estamos viendo cada día, se reconozca o no y se da la circunstancia de que una minoría ¿ilustrada? impone su voluntad, que coincide con sus intereses o sus caprichos a una mayoría complaciente y papanatas, que también la aplaude y la hace suya, haciendo eco a lo que oyen, sumándose al coro de los pusilánimes, que se adhieren a todo lo que se mueva a su alrededor. Así no se salen de la vía marcada, por si descarrilan y son el hazmerreír de los demás y temer ser marginados del rebaño, que tanto amparo proporciona al grueso de la manada. Así no serán excomulgados por los sacerdotes laicos que son los que nos dicen lo que nos tiene que gustar.

Cristino Vidal Benavente.


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http://cristinovidal.wordpress.com/


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Registrado: 30 Ene 2009
Mensajes: 11761

MensajePublicado: Dom 26 May, 2013 6:15 am    Asunto: Responder citando

Gracias por compartirnos estas AVENTURAS Y DESVENTURAS DE "MICASSO" querido amigo poeta, yo le felicito por su inagotable talento y por regalarnos todo su arte en cualquier tema.

Un abrazo.
_________________
    Blanca N. García González
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atif123
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Registrado: 02 Oct 2014
Mensajes: 1

MensajePublicado: Jue 02 Oct, 2014 6:53 am    Asunto: Responder citando

Much as insisted his assertions, wider was the smile of the audience and there was even an oil tycoon to bid for the table in question, offering an astronomical amount, which quickly found a replica of other attendees.

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Aprendiz


Registrado: 30 Ene 2009
Mensajes: 11761

MensajePublicado: Vie 14 Jul, 2017 10:35 pm    Asunto: Responder citando

Espero que se encuentre bien Cristino,
un saludo para usted.

_________________
    Blanca N. García González
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